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Papa Francisco, catequesis durante la Audiencia General: “La Oración de alabanza” PDF Imprimir E-mail
Escrito por En Familia MEM   
Miércoles, 13 de Enero de 2021 10:42

El Santo Padre presidio la audiencia General  de este miércoles 13 de enero de 2021, la cual se realizó a puerta cerrada, en la Biblioteca del Palacio Apostólico, de acuerdo a las medidas de contingencia declaradas por el gobierno Italiano y del vaticano, a causa de la pandemia que se vive hoy en el mundo entero.

Han iniciado con la lectura en diversos idiomas del Salmo 145. El  Papa dio continuidad al ciclo de catequesis dedicadas a la oración, hoy  se ha centrado en la temática de  'La oración de alabanza', afirmando que a Dios hay que darle gracias, manifestar el júbilo por su anuncio de salvación glorificándolo, alabándolo (Fuente Vaticano y SPSS).

El Santo Padre destacó que el anuncio de salvación  se manifiesta en la persona de Jesús, dicha verdad es revelada y aceptada por los ‘pequeños’, los humildes y sencillos, a ellos les es dada y no a quienes son visto en el mundo o se consideran a sí mismos como ‘sabios’ y ‘prudentes’ por desconfiar de este mensaje aún proviniendo de  Dios mismo.

El mensaje de Dios llega a quienes no se consideran mejores que los demás, quienes reconocen sus límites y pecados; además la oración de alabanza es útil al hombre, no le da ni agrega nada de gloria a Dios, nos sirve tanto en los tiempos de gozo como en las dificultades ayudando a reconocernos como hermanos, además hizo referencia en este tema de la persona de San Francisco de Asís que alababa a Dios en toda su creación.

Síntesis de la catequesis  leída por el Santo Padre en español sobre  la oración de alabanza:

“Queridos hermanos y hermanas:

Hoy meditamos sobre la oración de alabanza. San Mateo nos relata en su Evangelio que la misión de Jesús, a un cierto punto -después de haber realizado los primeros milagros y haber enviado a sus discípulos para anunciar el Reino de Dios- atraviesa una crisis. Jesús ve surgir en su entorno hostilidad y desilusión. En medio de esta dificultad, Él no se queja con el Padre, sino que lo glorifica con un himno de júbilo.

En su oración, Jesús exulta de alegría, en primer lugar, por lo que Dios es: Él es su Padre y Señor del universo. Su alabanza brota precisamente de su experiencia de sentirse 'hijo del Altísimo'. Y también lo alaba porque escoge a los 'pequeños'. No se fija en los 'sabios' y 'prudentes' que, desconfiando de Él, lo rechazan, sino en los 'pequeños', los 'sencillos' que están bien dispuestos a acoger su mensaje con un corazón limpio y humilde. Ellos, los pequeños, no se consideran mejores que los demás, son conscientes de sus propios límites y pecados, no tratan de dominar a los otros, sino que, en Dios Padre, se reconocen hermanos de todos.

La oración de alabanza nos ayuda, no sólo cuando nos sentimos felices, sino sobre todo en los momentos difíciles. Lo vemos, por ejemplo, en el 'Cántico de las criaturas', que san Francisco compuso al final de su vida, cuando experimentó la soledad, el fracaso y todo tipo de privaciones. En esa circunstancia, Francisco alaba a Dios por todo, por la creación e incluso por la muerte, a la que con valentía llega a llamar 'hermana'.”

Saludos del Santo Padre dirigidos  a los fieles en español:

“Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser humildes y de alabarlo en cualquier situación de nuestra vida, también en este tiempo de pandemia, porque sabemos que Él es el amigo fiel que nunca nos abandona y que nos ama sin medida. Que Dios los bendiga”.

Catequesis general del Santo Padre:

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos la catequesis sobre la oración y damos espacio a la dimensión de la alabanza.

Hacemos referencia a un pasaje crítico de la vida de Jesús. Después de los primeros milagros y la implicación de los discípulos en el anuncio del Reino de Dios, la misión del Mesías atraviesa una crisis. Juan Bautista duda y le hace llegar este mensaje -Juan está en la cárcel-: '¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?' (Mt 11,3). Él siente esta angustia de no saber si se ha equivocado en el anuncio. En la vida siempre hay momentos oscuros, momentos de noche espiritual, y Juan está pasando este momento. Hay hostilidad en los pueblos del lago, donde Jesús había realizado tantos signos prodigiosos (Cfr. Mt 11,20-24). Ahora, precisamente en este momento de decepción, Mateo relata un hecho realmente sorprendente: Jesús no eleva al Padre un lamento, sino un himno de júbilo: 'Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños' (Mt 11,25). Es decir, en plena crisis, en plena oscuridad en el alma de tanta gente, como Juan el Bautista, Jesús bendice al Padre, Jesús alaba al Padre. ¿Pero por qué?

Sobre todo lo alaba por lo que es: 'Padre, Señor del cielo y de la tierra'. Jesús se regocija en su espíritu porque sabe y siente que su Padre es el Dios del universo, y viceversa, el Señor de todo lo que existe es el Padre, 'Padre mío'. De esta experiencia de sentirse 'el hijo del Altísimo' brota la alabanza. Jesús se siente hijo del Altísimo.

Y después Jesús alaba al Padre porque favorece a los pequeños. Es lo que Él mismo experimenta predicando en los pueblos: los 'sabios' y los 'inteligentes' permanecen desconfiados y cerrados, hacen cálculos; mientras que los 'pequeños' se abren y acogen el mensaje. Esto solo puede ser voluntad del Padre, y Jesús se alegra. También nosotros debemos alegrarnos y alabar a Dios porque las personas humildes y sencillas acogen el Evangelio. Yo me alegro cuando veo esta gente sencilla, esta gente humilde que va en peregrinación, que va a rezar, que canta, que alaba, gente a la cual quizá le faltan muchas cosas pero la humildad les lleva a alabar a Dios. En el futuro del mundo y en las esperanzas de la Iglesia están siempre los 'pequeños': aquellos que no se consideran mejores que los otros, que son conscientes de los propios límites y de los propios pecados, que no quieren dominar sobre los otros, que, en Dios Padre, se reconocen todos hermanos.

 

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Por lo tanto, en ese momento de aparente fracaso, donde todo está oscuro, Jesús reza alabando al Padre. Y su oración nos conduce también a nosotros, lectores del Evangelio, a juzgar de forma diferente nuestras derrotas personales, las situaciones en las que no vemos clara la presencia y la acción de Dios, cuando parece que el mal prevalece y no hay forma de detenerlo. Jesús, que también recomendó mucho la oración de súplica, precisamente en el momento en el que habría tenido motivo de pedir explicaciones al Padre, sin embargo lo alaba. Parece una contradicción, pero está ahí, la verdad.

¿A quién sirve la alabanza? ¿A nosotros o a Dios? Un texto de la liturgia eucarística nos invita a rezar a Dios de esta manera, dice así. 'Aunque no necesitas nuestra alabanza, tú inspiras en nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos ayuden en el camino de la salvación por Cristo, Señor nuestro' (Misal Romano, Prefacio común IV). Alabando somos salvados.

La oración de alabanza nos sirve a nosotros. El Catecismo la define así: 'Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria' (n. 2639). Paradójicamente debe ser practicada no solo cuando la vida nos colma de felicidad, sino sobre todo en los momentos difíciles, en los momentos oscuros cuando el camino sube cuesta arriba. También es ese el tiempo de la alabanza, como Jesús que en el momento oscuro alaba al Padre. Para que aprendamos que a través de esa cuesta, de ese sendero difícil, ese sendero fatigoso, de esos pasajes arduos, se llega a ver un panorama nuevo, un horizonte más abierto. Alabar es como respirar oxígeno puro: te purifica el alma, te hace mirar a lo lejos, no te deja encerrado en el momento difícil y oscuro de las dificultades.

Hay una gran enseñanza en esa oración que desde hace ocho siglos no ha dejado nunca de palpitar, que San Francisco compuso al final de su vida: el 'Cántico del hermano sol' o 'de las criaturas'. El Pobrecillo no lo compuso en un momento de alegría, de bienestar, sino al contrario, en medio de las dificultades. Francisco está ya casi ciego, y siente en su alma el peso de una soledad que nunca antes había sentido: el mundo no ha cambiado desde el inicio de su predicación, todavía hay quien se deja destrozar por las riñas, y además siente que se acercan los pasos de la muerte. Podría ser el momento de la decepción, de esa decepción extrema y de la percepción del propio fracaso. Pero Francisco en ese instante de tristeza, en ese instante oscuro reza, ¿Cómo reza?: 'Laudato si’, mi Señor…'. Reza alabando. Francisco alaba a Dios por todo, por todos los dones de la creación, y también por la muerte, que con valentía llama 'hermana', 'hermana muerte'. Estos ejemplos de los Santos, de los cristianos, también de Jesús, de alabar a Dios en los momentos difíciles, nos abren las puertas de un camino muy grande hacia el Señor y nos purifican siempre. La alabanza purifica siempre.

Los santos y las santas nos demuestran que se puede alabar siempre, en las buenas y en las malas, porque Dios es el Amigo fiel. Este es el fundamento de la alabanza: Dios es el Amigo fiel, y su amor nunca falla. Él siempre está junto a nosotros, Él nos espera siempre. Alguno decía: 'Es el centinela que está cerca de ti y te hace ir adelante con seguridad'. En los momentos difíciles y oscuros, encontramos la valentía de decir: 'Bendito eres tú, oh Señor'. Alabar al Señor. Esto nos hará mucho bien.”

 
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